LOS CARROS HERRADOS DEL PECADO

Dice la Santa Palabra de Dios en el libro de Jueces 4: 14 – 15; “Entonces Débora le dijo a Barac: ¡Adelante! Éste es el día en que el Señor entregará a Sísara en tus manos. ¿Acaso no marcha el Señor al frente de tu ejército? Barac descendió del monte Tabor, seguido por los diez mil hombres. Ante el avance de Barac, el Señor desbarató a Sísara a filo de espada, con todos sus carros y su ejército, a tal grado que Sísara saltó de su carro y huyó a pie”. (NVI).

Las historias que nos presenta el Libro de los Jueces, son verdaderamente sorprendentes. Estas historias nos recuerdan dos hechos que son frecuentes en el pueblo de Israel que entró del desierto a la tierra prometida de Canaán: el primero es que Dios siempre estaba con el pueblo en todos los momentos de su historia y el segundo, es que el pueblo de Israel fue durante toda esta parte de la historia, como una montaña rusa, unas veces estaba con Dios y oraba a Él, pero otras veces volvía a los dioses paganos y les rendía culto, haciendo enojar a Dios. En la historia que hoy leemos, los problemas entre los israelitas los juzgaba una mujer llamada Débora. Ésta mujer era además una profetiza que transmitía los mensajes de Dios para el pueblo.

Israel había vuelto a hacer lo malo ante Dios y por ello, Él los entregó a un rey pagano para que los oprimiera. Éste rey se llamaba Jabín quien tenía un ejército muy fuerte liderado por un hombre llamado Sísara. El pueblo de Israel clamó a Dios pidiendo que la opresión de Jabín cesara y Dios, por medio de Débora, le envió un mensaje a Barak para que levantara ejército de las tribus de Neftalí y Zabulón, lo que efectivamente hizo Barak. Lo que temían los hombres de Barak, era que los ejércitos de Sísara tenían unos carros herrados, es decir, eran carros tirados por caballos cuya estructura era de hierro y dentro de ellos estaban hombres fuertemente armados que difícilmente sufrían daño, pero que más bien, eran armas mortales para los ejércitos enemigos. Obviamente Barak y su ejército tuvieron temor y por ello, Barak le dice a Débora que marchará si ella (quien tenía la presencia de Dios), iba con ellos. La respuesta de Débora debe ser la palabra de Dios que hoy retumbe en nuestras mentes: “¡Adelante! Éste es el día en que el Señor entregará a Sísara en tus manos. ¿Acaso no marcha el Señor al frente de tu ejército?”.

La historia nos cuenta que el ejército de Barak obtuvo la victoria al punto que Sísara quien viaja en uno de los carros herrados, se bajó de él y huyó a pie, pero también moriría más adelante en manos de una valiente mujer. Todos tenemos una batalla interior con nuestros pecados. Antes de llegar a conocer a Jesucristo como nuestro Señor y salvador, vivíamos cómodos con esos pecados, confesándolos ocasionalmente, pero regresando a ellos sin el menor arrepentimiento. Ahora, luego de conocerlo, los pecados vuelven a aparecer y por momentos la batalla se pierde. Volvemos arrepentidos, pero la tentación regresa y, como Israel, volvemos a hacer lo malo delante de Dios. La batalla parece perdida porque los “carros herrados” del pecado nos superan en fuerzas y en estrategia. Pero hoy es un día de triunfo, hoy es un día de enfrentar esos “carros herrados” y mostrar que no estamos solos en la batalla sino que Dios va adelante como Poderos Gigante, con todos Sus ejércitos y la victoria es nuestra. Hemos venido a tomar posesión de la herencia del pacto de la gracia, pero descubrimos que el pecado y el mal, todavía se encuentra en nuestra tierra, tanto en la forma del pecado original en su interior, como en forma de tentación proveniente del exterior. Antes de poder gozar plenamente de los privilegios, debemos arrojar nuestros pecados y para ello, tenemos al Espíritu santo, la Palabra de Dios, la oración y la lucha espiritual, que debemos ejercitar diariamente. Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9: 23). Vamos pues adelante cada día, seguros de que Dios está con nosotros y el triunfo es seguro contra el pecado.

Padre bueno que estas en el cielo, sal ahora con Tu podero ejército a luchar contra los “carros herrados” de los pecados que nos acechan. Límpianos con la sangre preciosa de Tu amado Hijo Jesús y llena hoy con Tu Espíritu Santo nuestra vida. Hoy tomamos la cruz y crucificamos nuestra carne para que Tu Espíritu tome posesión de nuestro espíritu, en el nombre de Jesús. Amen.

Pastor César Hernández

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