Paz en todo momento – Filipenses 4: 6 – 7

Dice la Santa Palabra de Dios en la epístola a los Filipenses 4: 6 – 7; “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

 

La vida de todos los seres humanos es como una montaña rusa: unas veces subimos lentamente y con esfuerzo hasta la parte más alta de la vida y estando en lo más alto, podemos divisar la hermosura de los confines, pero de pronto caemos violentamente hasta lo más bajo con gritos de terror y desesperación. Estar en el mejor momento, tener la mejor de las posiciones, poseer lo mejor que nuestro estrato social nos permite, disfrutar de los bienes materiales y gustos que una profesión bien luchada nos regala, es una fantasía que todos tenemos en nuestra vida. Pero caer en lo más bajo, tener los vicios más degradantes del ser humano, sentir en carne propia el oprobio, la persecución, la ruina, el dolor de perder a un ser amado, la enfermedad con su tortura incesante, el destierro, la crítica, el juicio de los demás, la cárcel y muchos otros males es lo peor que un ser humano puede vivir. El Apóstol Pablo vivió algunas de estas cosas como la cárcel sin delito alguno, el juicio por hombres que lo querían matar, la persecución por presentar a Jesús como el Cristo que salva por gracia, las piedras y los látigos por decir la verdad a quienes debían conocerla como los judíos, los escribas y los fariseos. Pero en todas estas penurias y dolores escribe esta carta llena de amor por Cristo y por las personas que lo recibían en sus corazones. Esta epístola es un llamado a vivir con gozo, con alegría, en paz, con esperanza porque tenemos la salvación y la vida eterna, porque hemos sido llamados por Dios a participar de su eternidad en Su presencia, es una epístola que nos enseña a tener fe y esperanza en contra de lo que vemos a nuestro alrededor cuando la persecución, la desolación, la angustia, la enfermedad o cualquier otro mal nos acorrala. Nos dice el Apóstol que “por nada estemos afanosos” que por el contrario oremos, supliquemos, roguemos delante de un Dios que oye, que está pendiente de sus hijos, que conoce nuestras necesidades más que nosotros mismos y que al final de cada oración, demos gracias por lo que tenemos y por la circunstancia que nos rodea porque ambas son para la gloria de Dios. Esa es la paz que Él nos regala, esa es la paz que nos debe mover cada día en nuestros corazones saber que Dios nos acompaña en medio de las buenas noticias para llenar el corazón de alegría, de gozo, pero también está en medio de nosotros cuando la tribulación toca nuestra puerta. El Dios de las riquezas abundantes está a nuestro favor y el consolador nos acompaña en todo momento.

 

Padre bueno que estas en los cielos, en el nombre de Jesús Tú Hijo amado, ponemos delante de Ti nuestras cosas agradables que nos suceden para Tú bendición y también ponemos lo desagradable para que te glorifiques. Amen.

 

Pastor César Hernández

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