CONFIEMOS NUESTRA VIDA A DIOS

Dice la Santa Palabra de Dios en el libro del profeta Jeremías 38: 6-9; “Entonces ellos se apoderaron de Jeremías y lo echaron en la cisterna del príncipe Malquías, que se encontraba en el patio de la guardia. Lo bajaron con sogas, y como en la cisterna no había agua, sino lodo, Jeremías se hundió en él. Un etíope llamado Ébed-mélec, que era hombre de confianza en el palacio real, oyó decir que habían echado a Jeremías en la cisterna. Por aquel tiempo, el rey estaba en una sesión en la Puerta de Benjamín. Entonces Ébed-mélec salió del palacio real y fue a decirle al rey: Majestad, lo que esos hombres han hecho con Jeremías es un crimen. Lo han echado en una cisterna, y ahí se está muriendo de hambre, porque ya no hay pan en la ciudad”. (DHH).

Esta historia de hoy, nos muestra dos cosas: la primera es que los hombres y mujeres de Dios, que le sirven con diligencia y amor, no están exentos de la tiranía y maldad de otros seres humanos, de las adversidades y de los problemas. La segunda, es que Dios tiene siempre el plan perfecto para la salvación. La historia nos cuenta que Jeremías estaba profetizando (llevando Palabra de Dios al pueblo rebelde de Judá que estaba siendo invadido por los caldeos) y dichas palabras no eran alentadoras, no eran de triunfo del pueblo sobre los invasores, sino de derrota, de caída del reinado bajo las poderosas manos del enemigo. Estas palabras no cayeron bien entre algunos hombres que le pidieron al rey permiso para matar al profeta y, obteniendo el permiso del rey, lo bajaron con lasos a la cisterna o poso que había en la cárcel donde estaba preso. Al llegar al fondo, el poso no tenía agua sino solo lodo y el profeta se hundió en él. Hasta aquí la vida del profeta Jeremías estaba sentenciada a morir de hambre, sed o cualquier infección proveniente del abandono en esos terrenos cenagosos. Pero Dios, tomando del pueblo a un hombre etíope que era sirviente del rey, éste suplicó al rey que le permitiera sacarlo de este castigo cruel, inhumano y falto de justicia y al recibir el permiso del rey, Dios, a través de éste Ébed-mélec, salvó la vida del profeta. Debemos comprender que somos frágiles y que nuestra vida está expuesta a peligros constantes. La vida empieza con llanto (como dice algún poeta), pero su fin es un misterio para todos. Cada situación que nos acontece nos pone en el riesgo de perderla, aun siendo buenos hijos de Dios y buenos siervos del Rey eterno. Como Jeremías y como muchísimos más personajes bíblicos expuestos al peligro de perder la vida estando al servicio de Dios, debemos confiar en su poder, en su amor, en su misericordia y tener nuestra vida entregada totalmente a Él, de esta manera, sabremos que Dios tiene muchos Ébed-mélec pendientes de nosotros para sacarnos del lodo. David, el gran salmista, decía: “Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos” (Salmo 40: 1-2).

Padre bueno que estas en los cielos, te entregamos nuestra vida para que cuides de ella y te pedimos Tú protección siempre y Tú misericordia cada mañana, en el nombre de Jesús. Amen.

Pastor César Hernández

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